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Mi hijo está ‘enganchado’. Cómo detectar una adicción y posibles soluciones

Micaela Fernández. Diferentes estudios (tanto en España como en toda Europa) arrojan datos similares. Se estima que en torno a un 20 por ciento de los adolescentes de entre 12 a 18 años pueden desarrollar algún síntoma o signo de abuso o mal uso de las nuevas tecnologías, mientras que tan solo llegarían a sufrir una adicción entre un 1 y un 3%. Probablemente empezar leyendo estos datos relaje bastante la lectura de aquellas familias que se encuentran preocupadas por el mal uso o abuso que su hijo está haciendo de la pantallas y las consecuencias de cara a un futuro no muy lejano. “Mi hijo está todo el día enganchado al móvil” es una frase que probablemente escuchamos frecuentemente, especialmente en preadolescentes, adolescentes o jóvenes.
Esta semana, en ‘Familias y pantallas’ aclaramos dudas con el psicólogo y orientador familiar Antonio Soto sobre cómo detectar una posible adicción y cómo actuar. “En general, tendemos a utilizar la expresión ‘estar enganchado’ o ‘tener adicción’ de una manera coloquial que no se corresponde con el diagnóstico clínico. Esto se debe, por una parte, a que se observa un uso excesivo o muy compulsivo del móvil u otros dispositivos, que sí puede ser indicativo de que hay un problema. Pero por otra, se tiende a relativizar la gravedad de este uso al tratarse de una actividad común y normalizada. De esta manera, terminamos hablando de adicción pero quitándole bastante importancia”, aclara el también experto en adicciones.
¿Cuándo un abuso se convierte en una adicción?, le preguntamos. “Para que llegue a darse un problema de adicción como tal, normalmente se desarrolla en un proceso más o menos prolongado, donde progresivamente se van afectando otras facetas de la vida (familia, relaciones sociales, actividades de tiempo libre, etc.), que se van dejando de lado por centrar toda la atención en las pantallas. Lo que sí es muy común es encontrarnos con casos de ‘abuso’ (un uso excesivo, prolongado o repetitivo, pero que no llega a considerarse adicción) o ‘mal uso’ (cuando aún sin ser excesivo afecta al descanso o a otras actividades diarias)”.
¿Y cómo detectar si es una adicción realmente? “Para detectar hasta qué punto hay un problema, y su gravedad, los profesionales utilizamos (además de cuestionarios específicos) los datos relativos a cómo está cambiando la vida del chico: tender a hábitos demasiado sedentarios, ir aislándose de su entorno o cambios bruscos del humor o el estado de ánimo, etc. No solo es importante el tiempo dedicado, sino también cómo es el estilo de vida en general, porque en la mayoría de los casos, el abuso de las pantallas viene motivado por ciertas dificultades o conflictos internos para los que el móvil o los videojuegos suponen un escape o una evasión”.
En cuanto a si una adicción a las tecnologías puede ser la llave a futuras otras adicciones, Soto opina que “en la mayoría de los casos se llegan a desarrollar estos trastornos por vías distintas y en momentos evolutivos algo diferentes. Sin embargo, en la práctica clínica nos vamos encontrando que algunos jóvenes que acceden a tratamientos por adicción a sustancias tienen un historial de abuso de tecnologías, que normalmente ya no está presente pero que coinciden con fases de aislamiento social, fracaso escolar, etc., y que posteriormente recurrieron al uso de drogas para relacionarse o paliar momentos de ansiedad o malestar”.

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Su primer móvil
Probablemente el tema de ¿cuándo facilitarle al niño su primer móvil? sea la pregunta estrella de muchas familias preocupadas por las consecuencias. “La respuesta más lógica y obvia es cuando lo necesite”, dice el psicólogo. “En realidad el hecho de necesitar o tener un móvil es algo que está cambiando continuamente: lo que antes era un medio para estar comunicados, está llegando a ser un elemento para supervisar a los hijos o un dispositivo prácticamente imprescindible para la socialización a partir de determinadas edades”. En este sentido, según Soto, “no se trata de dejarse llevar por la moda o de hacer lo que todos hacen”. Pero cuando el menor dice “en mi clase todos tienen móvil menos yo”, ¿qué se hace? . “Es verdad que se las saben todas y hay que plantearse hasta cuando mantener la negativa”, opina. En secciones anteriores, el profesor, escritor y consultor pedagógico Juanjo Fernández, opinaba rotundamente que “un menor escolarizado no necesita un móvil”, por mucho que lo quiera. Según Soto, “en cuanto a la edad, además de tener en cuenta cómo está su entorno en este tema, el final de la educación primaria o inicio de la secundaria es cuando empieza a tener más sentido el uso de un móvil familiar o disponer de uno propio”.
“Otra cosa es qué móvil le damos a los niños”, añade el psicólogo. Y aquí “sí que es muy frecuente ver cómo nos dejamos llevar y damos a nuestros hijos máquinas superpotentes que no necesitan”. La clave es, según Soto, “responder a la necesidad de estar localizable, de comunicarse con la familia y amistades, y de ir dando responsabilidades acordes con su nivel de madurez. Empezar por dispositivos sencillos, económicos, sin necesidad de tarifas ilimitadas ni servicios innecesarios”.

 

‘Contrato entre partes’
En esos primeros momentos es “muy útil dejar claro que el uso del móvil debe ser supervisado por los padres”, advierte Soto. “Bien porque tengan acceso a él cuando lo soliciten, por la instalación de aplicaciones de seguimiento y control parental o por cualquier otro método disponible (o, si es posible, por todas esas opciones conjuntamente)”. Es muy importante, señala el profesional, que esto sea “pactado y explícito”, de manera que no recomienda que ese seguimiento se haga “por detrás en modo espía”, porque lo que se hace es fomentar la desconfianza y evitar que el niño se responsabilice, asegura. Además, añade, “el uso de un teléfono propio, al igual que cualquier otro dispositivo, no debe ser entendido como una propiedad privada de libre disposición, sino que debe estar condicionado al comportamiento, madurez y responsabilidad del menor, pues son los padres, a efectos legales, responsables del buen uso que los hijos hagan de ellos”.

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